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La pelota no pertenece a la FIFA

Notas para re- existir y jugar en comunalidad

Jonathan Omar Bucio Rivera

Este texto no nace en la necesidad de denunciar algo, sino desde la posibilidad de dialogar con camaradas que siguen repensando desde la crisis actual a donde podemos avanzar y sobrevivir adelantando la supervivencia de la humanidad y como la alteridad puede ser una posibilidad pero para ello tenemos que ir dialogando en común unión desde nuestros propios sentipensares.

I. El Mundial del despojo

Cada cuatro años ocurre lo mismo: el mundo entero detiene su respiración d urante noventa minutos y la vuelve a soltar convertida en grito, en abrazo, en llanto colectivo. También cada cuatro años se repite la misma operación silenciosa: territorios desalojados para construir estadios que nadie volverá a llenar, ciudades endeudadas por décadas para sostener un mes de fiesta televisada, trabajadores migrantes muertos bajo el sol para que la cancha luzca perfecta a cuadro.

Pero el despojo del Mundial no es solamente territorial. Es, sobre todo, un dispositivo. Es un dispositivo de producción de subjetividades: nos enseña a desear, a consumir, a identificarnos. Es un negocio financiero que mueve más dinero que el producto interno de países enteros. Es geopolítica disfrazada de deporte. Es industria turística que expulsa a quienes no pueden pagar la ciudad que habitan, más todos los elementos que esto conlleva, desde el despojo de territorio hasta violentar derechos y garantías de los pueblos. Es vigilancia tecnológica ensayada a escala masiva. Es nacionalismo reeditado cada cuatro años bajo el pretexto del orgullo. Es, en suma, producción masiva de mercancías con forma de balón, playera, taza, llavero.

Pero también —y aquí está la contradicción que no se puede resolver con una sola palabra— es el momento en que millones de personas abrazan a desconocidos, lloran, cantan, hacen comunidad, recuerdan a sus muertos, suspenden durante noventa minutos las jerarquías cotidianas. Esa contradicción no se disuelve señalando solamente el negocio. Ya que existen elementos ancestrales que aún perviven en esa emoción del juego. Tampoco se disuelve celebrando solamente la fiesta. Hay que sostenerla, incómoda, para pensar con seriedad.

Hablar de despojo, entonces, no es solamente hablar de estadios ni de contratos. Es preguntarnos quién tiene la autoridad para decidir dónde empieza la historia de un juego, y qué se pierde cuando aceptamos esa autoridad sin discutirla y cuestionarla.

II. Cuando la descolonización también puede colonizar

Hay una advertencia incómoda pero necesaria que circula entre quienes piensan la descolonización desde Abya Yala: buena parte de lo que se presenta como pensamiento descolonizador sigue atrapado en las categorías que dice combatir. Cuando reducimos la cosmovisión de los pueblos originarios a conceptos importados de la filosofía europea —incluso con la mejor intención emancipadora—, terminamos haciendo con el pensamiento indígena lo mismo que hizo la colonia: traducirlo, ordenarlo, hacerlo caber en un molde que no es el suyo.

No conviene caricaturizar este argumento ni descartarlo como un exceso purista. Su aporte es señalar un riesgo real: que la izquierda, al querer liberar a los pueblos originarios, termine recolonizando sus saberes bajo un lenguaje que se cree neutral y no lo es. Esta advertencia nos obliga a preguntarnos si, al hablar del fútbol desde la teoría crítica occidental, no estaremos cometiendo el mismo desliz que denunciamos.

III. Los rituales populares como resistencia

Frente a esa alerta, hay otra tradición de pensamiento latinoamericano — heredera en buena medida de Rodolfo Kusch— que ofrece un contrapeso necesario. Muestra que incluso dentro de instituciones profundamente capitalistas sobreviven prácticas rituales que el mercado no ha logrado absorber del todo. La fiesta popular, la murga, la comparsa, la cancha de barrio: ahí persiste una forma de estar en comunidad, de suspender temporalmente la lógica individualista, que ninguna transnacional ha podido cooptar y comprar por completo.

Desde esta mirada, el fútbol —incluso el fútbol mundializado— no es únicamente mercancía. Es también el momento en que millones de desconocidos se abrazan en una calle, cantan lo mismo al mismo tiempo, recuerdan a sus muertos con una playera puesta, sienten que pertenecen a algo más grande que ellos mismos. Eso no lo inventó la FIFA. Eso lo hace la gente a pesar de la FIFA.

IV. Lo que ambas intuiciones dejan abierto

Leídas con cuidado, estas dos tradiciones no se contradicen tanto como parece a primera vista. Una plantea un problema epistemológico: la descolonización fracasa cuando seguimos pensando con categorías ajenas. La otra plantea un problema político-cultural: incluso dentro del capitalismo sobreviven formas rituales no absorbidas del todo. El error sería elegir una para descartar la otra, aquí se trata de que podamos hablar desde estas dos miradas para repensar y re- existir desde lo ritual.

Por eso, frente a la pregunta obvia —¿el fútbol es colonial o descolonial?—, conviene resistir la tentación de responderla directamente. Es la pregunta equivocada, porque exige una respuesta binaria a un fenómeno que no lo es, la respuesta debe de ser multifactorial. La pregunta que sí vale la pena hacerse es otra: ¿qué prácticas comunales logran sobrevivir, hoy, dentro de una institución tan colonial y depredadora como la FIFA?

Ninguna de las dos tradiciones responde, al menos no del todo, qué ocurre cuando una práctica ancestral ya fue capturada por un dispositivo capitalista global como el Mundial. Ni todo está colonizado sin remedio, ni toda práctica popular es automáticamente descolonial por el simple hecho de ser popular. Lo decisivo no es la etiqueta que le pongamos al fenómeno, sino la práctica comunal concreta que ahí se recrea o se extingue.

Aquí es donde la comunalidad —entendida no como discurso sino como práctica viva, tal como la trabajaron Floriberto Díaz y Jaime Martínez Luna en Oaxaca— puede aportar algo que ninguna de las dos posturas anteriores desarrolla del todo: la pregunta no es si el fútbol es colonial o descolonial en abstracto, sino qué prácticas comunales logran sobrevivir, hoy, dentro de una institución tan colonial y depredadora como la FIFA.

V. Del juego de pelota al Mundial FIFA

Y para responder esa pregunta conviene ir mucho más atrás de Inglaterra. Casi todos los análisis críticos sobre el fútbol comienzan diciendo que el juego nació ahí, en el siglo XIX. Pero aceptar ese punto de partida ya es aceptar, sin darnos cuenta, una narrativa colonial que borra todo lo anterior.

En Abya Yala existieron —y en algunos lugares siguen existiendo— múltiples juegos de pelota, cada uno con sentidos propios que no conviene aplanar en un solo bloque homogéneo. El juego de pelota nacido en mesoamérica, hace referencia a los diferentes grupos de la región tales como; maya, zapoteca, nahua y tarasca por mencionar algunos de los tantos que son de esta región, ligado al inframundo y al ciclo del maíz. El de los nahuas, el ullamaliztli, donde la cancha misma —el tlachtli— era una representación del cosmos. El de los zapotecos y los mixtecos en Oaxaca, con sus propias variantes rituales todavía practicadas en algunas comunidades. El de los purépechas, con el uraskuecha y la pelota de fuego. El de los taínos en el Caribe, el batey, que daba nombre también al espacio comunitario donde se jugaba. En ninguno de estos casos la pelota era un objeto de consumo: era vínculo, era equilibrio entre fuerzas opuestas, era una manera de leer el cosmos y de sostener el orden del mundo.

El Mundial, entonces, no es el origen de este juego. Es la apropiación cultural y capitalista de una experiencia humana mucho más antigua, que otras civilizaciones ya habían practicado —y pensado— con una profundidad que la FIFA jamás podría patentar y recrear.

VI. La pelota que resiste

Se ha dicho, con razón, que el balón no merecía ser tratado como una mercancía cualquiera. Pero conviene preguntarse: ¿quién fue, entonces, quien terminó ensuciándolo?

No fueron los niños que juegan descalzos en un llano. No fueron los barrios que arman su propio torneo con una portería hecha de piedras. No fueron los pueblos que llevan siglos jugando su propia versión del juego. La ensuciaron la FIFA, los patrocinadores, las casas de apuestas, el marketing que convierte cada gesto espontáneo en producto, la televisión que decide qué emociones vale la pena transmitir y cuáles no, los megaproyectos urbanos y la especulación inmobiliaria que levanta estadios sobre territorios despojados.

La pelota sigue siendo, en el fondo, la misma. Lo que cambió fue el sistema que se apropió de ella.

Conclusión: una pregunta de reflexión, también para la izquierda

Sería fácil escribir un texto más de denuncia contra la FIFA, el imperialismo o los megaproyectos del Mundial. Ya existen muchos, y seguramente son necesarios. Pero quizá lo más honesto, si este texto se piensa desde una postura de izquierda, sea también interpelarnos a nosotros mismos.

La advertencia sobre el riesgo de recolonizar cuando traducimos los pensamientos originarios únicamente a categorías europeas sigue vigente. El recordatorio de que en las prácticas populares persisten formas de ritualidad y comunidad que no se dejan reducir del todo a la lógica del mercado, también. Ambas intuiciones son necesarias, pero insuficientes si no incorporamos una noción central: la comunalidad como práctica viva, que no se conforma con reivindicar filosofías ancestrales ni con celebrar resistencias populares en abstracto, sino que pregunta cómo se recrean hoy esas formas de vida en medio de un dispositivo tan colonial como un Mundial de fútbol.

El problema no es que el capitalismo haya inventado el fútbol. El problema es que logró convencernos de que él era su origen. Mientras discutimos quién levantará la copa, olvidamos que mucho antes de que existiera la FIFA ya había pueblos que sabían que jugar también era una forma de habitar el mundo. Descolonizar el juego no significa negarlo ni purificarlo: significa recordar, cada vez que la pelota rueda, a quién le pertenece realmente y ahí es donde la esperanza sigue siendo esa luz que tanto necesitamos.

Con mucho cariño esta carta es para el mundo pero en especial para dos camaradas y colegas… abrazos para el futuro porque los necesitaremos y no olvidemos que para sobrevivir el futuro debe de ser comunal.