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Titulo desconocido
Sara
Es un sábado en la noche y, entre cerveza y risas, escucho:
"Guantanamera,
guajira guantanamera,
Guantanamera.”
Las letras tropicales y la voz de Celia Cruz me envuelven la sangre,
no hay eje geográfico que me separa de Guantánamo y los versos de Marti,
me siento destinada a seguirle el ritmo: sube de mis pies a mi cadera,
y de la cadera al anhelo compartido en los brazos de algún compañero,
así funciona la danza en esa fusión de reconocimiento mutuo. Al mirar
a mi alrededor me doy cuenta que aquí no existe una frontera, sólo la
libertad de los cuerpos explorando algún recuerdo de la música que
hoy bailamos.
Como mujer latinoamericana, crecí con la radio de fondo. Eran las cinco
de la mañana cuando mi madre, ya levantada, subía el volumen de alguna
salsa bien pegajosa. En el quehacer de mi casa, la manera de amenizar la
labor doméstica era a través de la fuga que solo la música brindaba.
Cuando mi hermana mayor tuvo que migrar a Colombia no se sintió tan sola,
pues en el lenguaje musical encontró aquellas mañanas de nuestra infancia.
Estoy segura que esa sensación de familiaridad la buscan nuestros
paisanos en los bautizos de sus hijos nacidos en el norte; la encuentra
el cubano en algún sonidero de la Ciudad de México y la siente el
colombiano en algún bailongo en Caracas.
Desde las cumbias hasta los sones, no importa tu acento o nacionalidad:
tejemos la patria entre las vueltas. Cuando la cháchara suena,
traspasamos la barrera de la territorialidad. La hermandad de los
pueblos del sur no está en los discursos; la construimos desde lo
cotidiano, desde el goce y la felicidad.